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Es Dejar de Correr

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                                        Ilustra: María Sanzol     Es correr sin importarme nada. Los baldosones helados que pasan más rápidos que yo. La humedad de mis huellas angostas que se ven. Se notan a través de mi piel, de la carne. Las manos también, se vuelven de vidrio y otra vez a humana. Los dedos destrozados por mis dientes. Quiero parar, y mirarme las manos. No me quiero ver al espejo. No puedo respirar.      Hay un río de sombras que busca su cauce. Es el piso que se abre. Y los baldosones aún tan prolijos. Todo lo sé, pero no puedo mirar. Es que si miro, pierdo. Siento la piel floja de mis piernas, siento las mejillas caídas. Me acuerdo del espejo y de los comentarios. Es repetirme mil veces que una mujer de verdad está más allá de lo que se ve. Más alla de estas manos cuadradas o la nariz hinchada. Más que los talles que nunca quedan, ...

Luz de las Cuatro

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Escribe: Bruno Martínez   Ilustra: María Álvarez         Soñé con vos. Nos soñé como en aquel día: de cara a un café hirviente, de espuma cambiante. De vos admirando el vapor a la luz de las cuatro de la tarde. Y no te lo pienso decir. Porque qué desesperado sonaría. Yo recordando que, aún cuando no controlo lo que soy, cuando apago la cabeza, aún mirás el vapor a las cuatro y me repetís que es tu hora favorita. Y yo te escucho nomás. Porque cuando hago algo, cuando te toco, cuando te miro a los ojos directamente, cuando te encierro contra una pared y te huelo el cuello, arrinconada, sólo lo hago para verte reaccionar. Para ver qué hacés.         Cada sueño empieza igual, pero siempre hago algo diferente. Sos vos a las cuatro, y la espuma, y yo te pregunto si te vas a acordar de mí cuando yo me muera. Porque siempre decís que voy a morir primero, porque Dios o-lo-que-mierda-sea-que-haya debe haberse tomado mucho trabajo para ...

Jugadores

Las gotas sobre el techo de chapa eran un redoblante que inflaba la tensión. La lluvia llevaba horas cayendo a baldazos y nadie parecía dispuesto a irse. La luz era tenue y las caras de el grupo apenas si podían verse, gambeteando el humo de cigarro, impregnando todo. Inti fumaba para morir. Las reglas habían sido dispuestas en voz alta antes de sentarse todos a la mesa, como se había establecido el primer día. O eso le decían a Nan. Él se había incorporado hacía no más de dos meses. La ronda de Tarea había dado una vuelta entera entre los hombres y mujeres del lugar, y como culminación de la ronda estaba él. - ¿Estás de acuerdo con las reglas? - Le preguntaron, y todos los ojos reposaron en él. Como si fuese su turno de dar vuelta una mano de cartas, o estuviese a punto de responder la pregunta final del concurso, por el millón. - Sí. Algunos de ellos se miraron entre sí. Debía de haber más de veinte jugadores. Nan conocía a algunos de vista, y a Inti como su iniciadora. Pero a ...

Le Falta Fuerza

      A este texto le falta fuerza. Lo sabe. Su autor sabe de primera mano que su texto no tiene fuerza. Adornado con palabras complicadas, ese montón de letras pretende moverle el alma al lector que, finalmente, no entiende por qué gastó su tiempo en semejante estupidez.        Obviamente lo entiende. Si es el autor quién hace al texto. Si es la vida y la voz del escritor la que tiñe todo. Cómo pretende hacer un escrito fuerte si a ese autor no le pasa nada. Si las fuentes de motivación son edulcoradas y trilladas, si las peores agonías están ocultas o domesticadas.       ¿Qué clase de escritor puede escribir con la incertidumbre de bozal, correa en mano? Todos pueden, y por eso éste hizo el texto que hizo. Y por eso no tiene fuerza. Porque no saca fuerza de ningún lado. Porque la energía cósmica, o lo que mierda sea, no sale de la nada. Sale de una conjugación, de una fusión. De una olla sale. Y si esa olla está vacía, se le puede...

Bajo la puerta

El susurro del papel arrastrándose bajo la puerta. Quedo, como si el cartero le transmitiese su paz. Su rutina. Silencio entre ambos. Las ganas de desacomodarse filtrándose por las grietas de la puerta trasera. El aviso tenso en el aire que parece haberse dicho. El crujido de los resortes del primer alma que cedió a la competencia. Los pasos apesadumbrados que, piensa el caminante, son demasiado pacientes. Recuerda a su niñez de mil vueltas alrededor de la mesa. Se oye desde la cocina, cruzando el vestíbulo, el aplauso de una hoja barata pasando. De la tinta de la derecha dando un panzazo sordo a la de la izquierda. Es un diálogo interno el de ese diario con su lector, absorto. Pero su atención repiquetea en el susurro que entró por la puerta. El tintineo de la chapa por donde entran los sobres, ahora sonaba como un campanario. La duda asesinada por el lector, que se supone ya no duda. Porque dudan sólo los niños y los fracasados. Y ahora las frases se leen mil veces y se especula el v...

La Eterna Luz Blanca

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        Kai la tomó de la mano. Sintió, más allá de los guantes de ambos, el calor de su piel. Caminó por delante mientras la guiaba entre la nieve. Cruzaron árboles secos y se adentraron más en el parque alrededor de la biblioteca Sensojikodomo. No era como el resto de los parques. Era tranquilo, menos decorado. Muy silencioso. Y la acústica, sobretodo cuando nevaba, era irreal.         Hikari acompasaba sus pasos a los de él, intentando no pisar en falso. La nieve parecía una manta. Kai no exageró cuando dijo que nadie conocía o visitaba este lugar. El dojo estaba cerca, por lo que el pequeño momento no la dejaría a contrarreloj. Se odiaba por pensar en sus responsabilidades justo allí. Kai era un chico lindo, agradable y se estaba esforzando, pero aún no tenía el poder para sacarla de su rutina.         La guitarra que él llevaba al hombro era pesada. Era de su padre, el sensei Tora Satsuki. En su juventud...

Bailes típicos de Mocronte

Búsqueme, Oh, búsqueme búsqueme un trumo acá en el medio. Que yo seguro tengo busque con argante ahínco. Aunque tenga que fragarme, Yo aguanto Cómo le explico que quiero vogir con usted por horas, hasta corriendo. ¿eh? y las folidantes vincias marcando el compás tic, tuc, porque tac suenan las bulapas.  Y ni yo ni usted somos bulapa. Porque las bulapas se asustan cuando uno las zatonea. Y no convidamos los zatones. zolo zabemos quinar los zantoneadores. Lo que sí sé afiscar son los bailes típicos de Mocronte. OH, MOCRONTE. La de las grandes playas, junto al monte. viejo dicho, aunque námido a raudal. Lo que nadie quiere sumonir -ni resumonir, mucho menos- Es la densa pero convexa íspide de los Cien Ríos. Porque eso es de motoqueros, y de nadie más. Qué sugo la drola. Valga la redundancia. Pero nos tropenga a todos sin ersersión alguna. Nos apunta con el dedo y vos y uno camina y vos no y se queda chito nomás ...