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Mi Sauco

Quiero correr en círculos hasta que me duelan las plantas de los pies y tumbarme boca arriba contra la cerámica fría. Quiero colgar una soga del balcón y saltar con los pies atados para quedar justo a pocos centímetros del piso y poder salir caminando; que la vecina me pregunte por la soga. Quiero destruir una pared con la cabeza, apretar los dientes hasta que se fundan entre sí y no poder hablar. Tener que gruñir para decir algo, mover la lengua detrás de esa prisión y tener que comer puré de calabaza por el resto de mi vida. Quiero morder la mesa. Quiero poder abrazar un árbol y recibir un abrazo de vuelta. Quiero sentir la aspereza de las hojas en la cara. Quiero estar en mi jardín, tener siete años, y poder sentarme abajo de mi sauco. Quiero encapricharme con cada una de las frutas chiquititas y violetas de mi amigo árbol y hacerlas dulce para poner sobre el pan con manteca. Quiero tirarme de clavado en un montón de harina; tener un respirador para no ahogarme y poder dar saltos en...

Virgencita de Madera

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Ayer llovió. Los zapatos ya están en las últimas, y algo de barro se cuela por sobre el dedo gordo. Medias, imposible. Algo falta. Ronda. Bueno, ¿quién va? El cielo está blanco. El olor a guiso se evaporó, por lo que es más fácil distraerse. ¿Quién va? Uno no, porque si no se acuerdan se robó moras de la casa de los Morelli, y las compartió. La otra tampoco, porque ayudo a la máma a limpiar la casa de los Sánchez. Ese día pudieron traer una ristra de chorizos que los dejó dormir en paz. Y así los ocho. Menos la novena. La chiquita. La muda. La Virgencita de Madera. Ella estaba en falta. No quiere ir. Le da vergüenza. A todos les da vergüenza, Virgencita. No es una cuestión de querer, de sentirse cómodos. Nunca fue así. Hay que comer. A vos te alcanzó porque sos chiquita, porque sos flaquita. ¿Pero los grandes? No alcanza. Ya sabés cómo es. Es pedirle algo de pan, Virgencita. Nada más. Una, de las más grandes, dice que va ella. Que no la hagan llorar más, que seguro viene el p...

Jarrón de Acero

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La luna nueva lo ocultaba todo. Los basurales, los edificios desgastados. Las cucarachas guiaban hacia los lugares olvidados de la ciudad. Los callejones aún se recuperaban de la tormenta de la tarde y los lodazales ya eran costumbre de sus habitantes de cartón y de lata. Las paladas hacían burbujear al barro espeso. Las pocas raíces del nogal no podían resistir las pisadas, y se deformaban bajo los pies. El enrejado silbaba con el viento tibio de la noche. Desde el hueco abierto con alicates, hasta el nogal, eran los pasos del Monstruo. Pasos hambrientos arrastrados colina arriba. Era enorme. Recubierto en una capa de tela gruesa, deshecha por las tormentas. Ofuscado tras su capucha. Su respiración ronca espantaba a las ratas y los cuervos, que miraban reservados desde árboles lejanos. Recelosos esperaban algo que no les iba a llegar. Castigo del Monstruo por su ceguera. Las huellas se borraban bajo una pincelada gruesa. El Monstruo arrastraba a alguien. Una mujer descalza surcaba e...

Sonrisa de Mago

      Un flip. Mano derecha, izquierda, un corte de esos. Sí.       "Pero las cartas tienen memoria. Una memoria -suspenso- energética" Una sonrisa leve. De esas de control. Otro flip, y el corte de izquierda. Shotgun y un falso corte. Tomás la marcada y para el medio del mazo. Double flip. Estirás el brazo por sobre las cartas, que no se vea la nueva. Estirás el brazo y te fijás al espejo. Sos los ojos de ella. No se ve nada.       Un flip. Mano derecha, izquierda, un corte de esos.       "Las cartas tienen memoria -La mirás a los ojos- energética" Y sonrisa suspenso. Sonrisa misterio. Te arremangás. Corrés la silla con un pie y te inclinás hacia el espejo. Hacia ella. Está bueno para hacerlo después del de el lápiz labial. Después de haberla tomado de la mano, de haberla hecho sonrojar. Después de decirle, pensá en tu carta, no te distraigas. Y ella te hace caso porque no entiende. Porque tiene fe. Y se deja...

Desde un principio

Todo comienza cuando se muere. Él entra tranquilamente a la habitación. Se quita el saco, se desata los cordones duros de sus zapatos y enfila para la cocina. Mira hacia el baño y, cuando lo ve, se muere. Va por la ruta con el auto, pensando en todo lo que viene pasando. Gira una, dos calles. Va siempre dentro de su carril. Lleva las luces altas y no deja de maquinar. Llega a su casa, se baja del coche, se saca los zapatos, mira al baño. Lo ve ahí. Se muere. Qué rico el café, le dice a la secretaria dientona que se lo sirve. Está trabajando muy tranquilo hoy. Es raro que el cansancio no le rasqueteé las rodillas, ni le empaste los ojos. Las horas pasan, se despide de la dientona y del resto. Le gusta esa mujer, pero no ha intentado, ni piensa intentar, nada. Eso también piensa cuando va en el auto por la autopista, en su carril correspondiente. Llega a su casa, entra, pasa por el pasillo, mira al baño. Se muere. Suena Gloria Gaynor. No le gusta para n...

Las manzanas de Svenka

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          Terminó de colocarle la última naranja en la cabeza, caminó hasta detrás del caballete, y la midió con el pincel. Svenka sentía el peso de las frutas, y el cuello de encaje del camisón que le raspaba los hombros. Era la cuarta vez que se prestaba para su retrato.           - Kris, ¿cuánto crees que vas a tardar?           - Lo que tenga que tardar.           - Tengo que terminar la tarta de manzanas antes de las cinco.           - Ya te dije que Esther pidió tu retrato con las frutas en la cabeza para el Lunes. - Kristoff levantó la mano a la altura de su ojo, e hizo un gesto. Svenka lo entendió, y dio un paso hacia su izquierda - No me distraigas, que el día se acaba y la luz a esta hora te resalta los ojos.           - Solamente te pregunté cuánto ibas a tardar.       ...

El Saco por el Balcón

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Ilustra: Ignacio Spotti          - ¡ZANGANO, FORRO HIJO DE REMIL PUTA! - y zurcó el aire el cenicero de "Ushuaia Fin del Mundo".       El cenicero que compramos el día que te animaste a ir a Tierra del Fuego, a conocer a mi familia. Y te llevé a Ushuaia, porque Río Grande es poco turístico y plano y gris. Horrendo. Y vos entusiasmada igual, porque nunca fuiste "más al sur que Bariloche". Y cuando entramos al local donde los maniquíes eran pingüinos emponchados de polar, te gustó. "Qué lindo este cenicero" y lo compraste. Aunque ni vos ni yo fumábamos. Lo llevaste para acordarte de esa vez que conociste a mis viejos, que hacían todo lo posible por no incomodarte.       - ¡ANDATE! ¡RAJÁ DE ACÁ ANTES QUE LLAME A LA POLICÍA, LA CONCHA DE TU MADRE! - y tiraste el "Libro de los Abrazos" de Galeano. Me agaché para esquivarlo.       Ni miraste el primer cuento, o uno de los primeros, que habla d...